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20.4.09

El "apocalipsis" según Caraco



Algunos autores concluyen su obra poniendo fin a su vida, y obligan a sus lectores a leer esa obra sin inocencia y con prejuicios (favorables en muchos casos). Albert Caraco se suicidó en septiembre de 1971, un día después de la muerte de su padre. Esa fidelidad al padre, sin duda quiere decir muchas cosas, aunque cueste saber qué.


Algunos autores concluyen su obra poniendo fin a su vida, y obligan a sus lectores a leer esa obra sin inocencia y con prejuicios (favorables en muchos casos). Albert Caraco se suicidó en septiembre de 1971, un día después de la muerte de su padre. Esa fidelidad al padre, sin duda quiere decir muchas cosas, aunque cueste saber qué.

Quien abra al azar el Breviario del caos se encontrará, irremediablemente, ante un auténtico caos: un guirigay de ideas homicidas y deseos malsanos y profecías horripilantes, expresado con una frialdad metálica que aturde y anonada.

Según Monterroso, tres son los temas: el amor, la muerte... y las moscas. Para Caraco, los tres temas son, inevitablemente, el odio, la muerte y el caos de las postrimerías. Este libro supura rabia, prepotencia impotente. El iluminado que llevara a cabo algunas de las cláusulas de este panfleto nihilista sería un sátrapa mil veces más terrible que Pol Pot. Caraco habla como un profeta con pies de barro. En su discurso la muerte lo preside todo. La aniquilación es el único argumento. Caraco es un profeta de la desolación, un profeta que siente placer ante la idea del exterminio de los humanos.
De muestra, unos cuantos botones (elegidos de entre unas pocas páginas):


La catástrofe es necesaria, la catástrofe es deseable, la catástrofe es legítima, la catástrofe es providencial, el mundo no se renueva por menos y, si el mundo no se renueva, deberá desaparecer con los hombres, que lo infectan. [p. 36]

El único remedio para la miseria es la esterilidad de los miserables… [p. 37]

No se debe tolerar más que a las familias eugenésicas, y sabemos que son escasas, las otras terminarán por parecernos indeseables (...), toda familia pobre es ya criminal por el solo hecho de su existencia. [p. 42]

No podremos cambiar nuestras ciudades más que aniquilándolas, aunque sea con los hombres que las pueblan, y vendrá la hora en la que aplaudiremos este holocausto. [p. 47]

Cuando los humanos sepan que no hay remedio más que en la muerte, bendecirán a aquellos que los matan, para no tener que destruirse ellos mismos. [p. 48]

¿Para qué seguir? En cada página se encuentran invectivas semejantes. Hasta el punto de que la lectura se vuelve ardua, monocorde, oprobiosa. Y cuesta creer en la inocencia de esas frases, que expresan tal odio que resulta penoso abrirse paso a través de ellas: o son el delirio de un loco, o el "apocalipsis" de un iluminado que canta el fin de los tiempos, o son el sueño de la razón desnuda... ¡Quién sabe!

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