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22.3.09

Vanidad de vanidades

¡Vanidad de vanidades ―dice Qohelet―; vanidad de vanidades, todo es vanidad! La sabiduría antigua es un verdadero bálsamo: no niega la herida y ayuda a conocerla, cuando no a curarla. Si el áspero recelo, la desconfianza y la envidia meten cizaña en el alma, ¿quién será capaz de resistir los embates de la sedosa vanidad?, ¿quién dejará de oír sus cálidos susurros?, ¿quién renegará de actos tiznados de un fin, pero que en sí mismos no lo son? Qohelet sabe que la vanidad alcanza a todos. Y que todo puede ser causa de nuestra vanidad. Y ve que detrás de la maldad hay mucha vanidad; y que detrás de la bondad, hay mucha vanidad. Vanidad de vanidades. Todo es vanidad. Todo, y no solamente la mera vanidad; incluso la virtud está amenazada de vanidad. Una anécdota recogida por Claudio Eliano lo explica bien: “Sócrates, al ver que Antístenes siempre hacía ostentación de la parte más raída de su manto, le dijo: ¿No vas a dejar de pavonearte delante de nosotros?” (Historias curiosas, libro IX, 35).

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