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27.3.09

Una modesta proposición

La ironía suele ser amable, mandoble de vencido; la sátira, por su parte, es ríspida como un gargajo de rabia. De rabia y odio. Aunque algunos ven en la sátira una intención didáctica, cuesta creerlo. Enseñanza hay, sin duda, pero ajena a la intención. Cuando pienso en un escritor satírico, inmediatamente me acuerdo de Jonathan Swift y su terrible sátira: Una modesta proposición para evitar que los hijos de los pobres de Irlanda sean una carga para sus padres o su país, y para hacerlos útiles al pueblo. ¿Cuál es la modesta proposición? Bien sencilla es: que los pobres vendan a sus hijos a las personas de calidad y fortuna del reino para que sean servidos en su mesa (fritos, guisados, al horno). ¡Qué horror!, exclama cualquiera. Pero es un horror muy real, que Swift lleva hasta el absurdo, y que expresa la confusa promiscuidad entre los fines y los medios. Ejemplos no faltan, como el de esa británica, Jade Goody, heroína de la telebasura, que recientemente vendió a un "reality show" de la televisión los últimos días de su vida, ya que padecía un cáncer de útero en fase terminal. La animaba un buen fin: dejar a sus hijos en una posición económica desahogada. (Un beneficio colateral de esta historia ha sido el aumento de las revisiones ginecológicas en Gran Bretaña. A veces no se sabe para quién trabaja el diablo.)
Si la sátira se aleja de la moral es para denunciar la inmoralidad; si crea situaciones absurdas, es para denunciar situaciones reales. La sátira es una flecha envenenada, pero pocos saben cebar sus flechas con veneno. Se necesita mucha rabia contenida para acercarse a la sátira. El más mínimo adarme de bondad la frustra. Swift confesó a Pope: "El fin principal que me propongo en todos mis trabajos es vejar al mundo..."

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