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30.3.09

Títulos

¿Importa el tamaño? ¿Importan los títulos? ¿Importa el tamaño... de los títulos? Sí, importa. En literatura hay todo tipo de títulos, desde los nobiliarios: El conde de Montecristo, La marquesa de O, a los civiles: La regenta, Madame Bovary; los que expresan parentesco: La tía Tula, Mi tío Jacinto; los que nombran personas: Pedro Páramo, Abel Paz, Demian, Lenz, Sidharta, Wozzeck, Pepita Jiménez, Leoncio y Lena, Fortunata y Jacinta, Belarmino y Apolonio; los declaradamente poéticos, o con leve vocación metafísica, como Cien años de soledad, El árbol de la ciencia, Tiempo de silencio, En busca del tiempo perdido; los medio crípticos: A.M.D.G.; los que se adornan con latines: Locus Solus, Sartor Resartus; los que no son lo que proclaman: Teoría del conocimiento; los que se hacen eco de otros autores: El ruido y la furia, Donde habite el olvido; los que se entregan a la aliteración: El llano en llamas o al trabalenguas: Tres tristes tigres; los que acaso confundan: Obras completas (y otros cuentos); los que sorprenden: Dios deseado y deseante, y los que se tiñen de colores: Azul, Aurora roja, El cuarto amarillo, La insignia roja del valor, La estación azul, Cosecha roja, etc.

Volviendo al tamaño, están los títulos que rozan lo infinito, por lo corto o por lo largo. Entre los primeros, tengo censados dos, aunque seguro que hay más: K., de Roberto Calasso, y ●, de Edmond Jabès, al que añadió esta explicación piadosa: (El, ou le dernier livre); y entre los segundo, el título, disfrazado de resumen, más largo que recuerdo es de Kurt Vonnegut, Jr.: Matadero Cinco o “La cruzada de los inocentes”. Una danza forzosa con la muerte, por un miembro de la cuarta generación germanoamericana, ahora cómodamente instalado en Cape Cod (aunque fumando con exceso), quien, como soldado americano “hors de combat” y prisionero de guerra, fue testigo del bombardeo de Dresde (Alemania), antaño llamada “La Florencia del Elba”, y sobrevivió para narrar la historia. Esta es una novela con ribetes esquizofrénico-telegráficos a la manera de las narraciones del planeta Tralfamadore, lugar de donde proceden los platillos volantes. Paz.
No, no he leído la novela, pero en su día vi la película, si sirve de excusa, y creo recordar que era tan rara como delata el título. Del bombardeo de Dresde tengo más reciente el relato que hace Victor Klemperer en su espeluznante diario...
Vale por hoy: basta de fárrago. Mañana quizá sea otro día. (A los escépticos siempre se nos nota en algo.)

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