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31.3.09

Klemperer y el diario terror


En Quiero dar testimonio hasta el final. Diarios (1933-1941 y 1942-45), Victor Klemperer cuenta la historia de un judío alemán -perfectamente asimilado, de religión protestante, combatiente en la Primera Guerra Mundial- al que el ascenso de Hitler al poder le obligó a vivir, en sus distintas fases, la persecución de los judíos en Alemania. Todo lo vivió, excepto la deportación al campo de concentración o de exterminio, gracias a que Eva, su mujer, era "aria": expulsión de su cátedra universitaria; prohibición de publicar, utilizar el transporte público, comprar tabaco, tener animales domésticos...; la incautación de la máquina de escribir, la imposición de la estrella amarilla, los registros domiciliarios, la expropiación de su casa y sus bienes, el alojamiento en una “casa de judíos”...
Diarista empedernido, en el diario de Klemperer empieza predominando lo privada, hasta que acaba rindiéndose a las razones (o sinrazones) históricas. Es entonces cuando Klemperer amplía el espectro y convierte su diario en el diario de la comunidad judía de Dresde.
Día a día, en condiciones imposibles, Klemperer consigna cuanto le sucede a él y cuanto llega a sus oídos de los demás, convirtiendo su diario en un pormenorizado alegato contra la barbarie nazi, con el estupor de quien se siente alemán por los cuatro costados. Lo anota todo, lo grande y lo mínimo; consigna los nombres auténticos, los lugares exactos, las circunstancias precisas...
Sobre la base de los datos acumulados, Klemperer erige su requisitoria contra el nazismo. Su actitud parece insensata, alejada de lo que cualquier persona cabal o medrosa haría en su caso: esos diarios, en caso de que cayeran en manos de la Gestapo, podían significar la deportación y la muerte de cuantos aparecen en él. Es ese empeño loco, no obstante, el que nos permite contemplar ahora ese doloroso fresco histórico. Y aunque uno sepa que esos diarios no cayeron en malas manos, lo cierto es que ese temor preside la lectura. Diarios que, por otra parte, sólo vieron la luz (y ésta es otra historia) en 1995, treinta y cinco años después de la muerte de su autor, y cuando el Muro de Berlín ya era historia.
Según se acerca el final de la guerra, dos cosas adquieren una importancia extrema en la vida de Klemperer: la dedicación al estudio del inglés y el miedo a los rusos. Entre el 13 y el 14 de febrero de 1945, Klemperer es testigo de la destrucción de Dresde con bombas de fósforo, precisamente cuando los judíos sobreviviente iban a ser evacuados. A partir del bombardeo empieza otra historia: Klemperer y su mujer huyen de Dresde presas del pánico y con gran temor de ser reconocidos. Consiguen llegar a Múnich, regresando a Dresde unos meses después.
Como conspicuo filólogo que era, Klemperer se había interesado, desde los primeros tiempos, por la jerga nazi. Después de la guerra publicó el fruto de sus investigaciones: Lengua Tertii Imperio. (A veces, escuchando los dichos de los políticos, se echa de menos a un Klemperer que desbroce tanta oración hueca, o preñada de falacias y eufemismos; tanto discurso empeñado en no llamar a las cosas por su nombre.)

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