Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...

21.2.09

Oblomov

Por Luis Valdesueiro
***
En la historia de la literatura hay muchos personajes inolvidables. Algunos están en boca de todos. Son los menos y reciben el aplauso de los más. Por algo será, sin duda, se lo tienen merecido. Su gloria supera con creces a la de sus creadores, y da fe de ellos. Ahí están Hamlet, Don Quijote, Raskolnikov, Ana Karenina, Don Juan, la Celestina, madame Bovary, etc. Que cada cual haga su lista. Estos personajes ocupan la fila de honor. Pero detrás de ellos, amparados en las sombras, se agitan unos personajes oscuros, discretos, entrañables, sorprendentes, anodinos, irresolutos, angustiados, vencidos... Esos personajes se llaman Wakefield, Jakob von Gunten, Bartleby, Pluma, Gregor Samsa, el hombre del subsuelo de Dostoievski, etc. De entre estos inolvidables segundones, hay uno al que quiero recordar: Oblomov, el inasible personaje de la novela homónima de Iván Goncharov.

Oblomov encarna al hombre que se deja llevar por la vida. Su historia es la historia de ese abandono. De familia noble, terrateniente, místico de la inacción, Oblomov se entrega a la inercia del vacío como si fuera el absoluto de los absolutos. Cierto es que tuvo una juventud y que no le faltaron ilusiones, esperanzas y anhelos de futuro. Estudiaba, acariciaba el amor, apreciaba la cultura, admiraba la belleza... Pero un día, en el teatro, para su desgracia, sorprende una conversación: «¿Quién era ese?... Un tal Oblomov... ¿Qué está haciendo aquí?... Dieu sait...!». Esas palabras le laceran el alma y le hunden en la duda: ¿Qué estoy haciendo aquí? No tiene respuesta. Comprende entonces que su mundo no es el mundo. Y a partir de ese momento, su aburrimiento degenera en abulia absoluta: su biografía nada le debe, es un puro acontecer. La vida de Oblomov se vuelve un sabbat perpetuo. Stolz, su amigo, intenta sacarle del marasmo de quietud. Le espolea con una divisa: Ahora o nunca. Pero Oblomov elige nunca: vive al margen del tiempo, sin nada que le apremie, ajeno a cualquier deseo, rendido a la más oscura ataraxia. Pero aunque renuncie a obrar, es inevitable que le sucedan cosas. Cosas que despertarán, en cualquier lector, arduas dudas. Al renunciar a sus deseos, Oblomov acepta lo que le da la vida. Sus deseos se confunden, y se funden, con la realidad. Oblomov supera la angustia del vivir haciendo de la realidad, la suya, la que le acontece, la única felicidad posible. Su realidad es su deseo. Entregado al puro azar, él es feliz. Su vida pudiera ser distinta, pero es la que es. Y en esto, al menos, su vida es igual a la de todos. «¡Oh la vida!», suspira Oblomov. «¿Qué pasa con la vida?», le increpa Stolz. Pasa que a Oblomov la vida le roza, no le deja en paz. Él hubiera querido dormirse para siempre. No encuentra su sitio. Stolz, místico de la acción, bufa de recelo. Pero no creamos que Oblomov es un hombre contemplativo. Stolz, humillado por la inercia que domina a su amigo, le lanza un último reto: ¡si al menos filosofaras un poco! Pero Oblomov se niega a hacer filosofía con su vida. Es difícil saber si sufre, pero el paso del tiempo parece no afectarle. Para Stolz, hombre inmerso en mil proyectos, la vida pasa en un instante, el tiempo pone límites a sus afanes: «¡Oh, si se pudiese vivir doscientos o trescientos años, cuánto trabajo se podría hacer!» Para Oblomov, no hay tiempo, no hay límite. Mientras Stolz cree que todo puede cambiarse, que todo es posible, Oblomov cree, si acaso cree, que nada puede cambiarse, que nada es posible.

En las páginas finales de la novela, Stolz retrata lúcidamente a su amigo: «¡No era más tonto que otros; tenía el alma pura y transparente como el cristal; era noble y dulce, y pereció!» Preguntado por la causa, responde: «La causa... ¿qué causa? ¡Oblomovismo!»
Esta palabra, oblomovismo, fue la primera referencia que tuve de esta novela: la leí por vez primera, si mal no recuerdo, en una de las escasas entrevistas concedidas por Beckett. ¿De dónde venía esa palabra? ¿Quién era ese Oblomov ―cuyo nombre redondo irradia una fuerza rotunda― del que sin duda emanaba? Acudí a algunos diccionarios sin ningún resultado. Tiempo después, en una librería de París, descubrí casualmente la novela de Goncharov. Así supe que el oblomovismo no era la doctrina de ningún iluminado sino la herencia de un personaje creado en la Rusia de mediados del siglo XIX.

Si, como pedía Kafka, un libro debe ser como un puñetazo en la cabeza, no cabe duda de que Oblomov es ese libro. Leerlo es atravesar el desierto. En esta novela, todo nos interpela, todo nos sobrecoge, todo nos afecta. Y al final de la travesía nos queda una pregunta amarga: ¿cabe luchar contra el destino o es más sabio dejarse llevar por él? Preguntas, preguntas, preguntas... Que cada uno vivirá a su manera, porque cada uno es el actor de una manera de ser y de estar en el mundo.

En La Primera Piedra, nº 1 (2003).

7 comentarios:

Josep Fábrega Agea dijo...

Luchar con el destino es en si misma una acción contradictoria, pues podria estar en nuestro destino luchar contra nuestro destino, con lo cual es el destino el que nos sigue manejando.
Yo creo que somos primates algo evolucionados con un marcado instinto de supervivéncia personal y de la especie, lo cual nos impele al apareamiento y al cuidado de las crías. Convenientemente apareados, el ver que nuestras crías van creciendo con salud suele cortar nuestras esporádicas angustias vitales.
A veces unos se siente Samsa , como cuando te recortan el sueldo por una crisis que no deja de ser una ensoñación etérea, una elucubración paranoide con la que hay que comulgar y aceptar agradeciendo con genuflexiones a nuestros próceres como velan por nuestro futuro.

Luis Valdesueiro dijo...

No estoy muy seguro de entender tu comentario, Josep, pero te lo agradezco igualmente. Lo de "luchar con el destino" se me hace un poco raro: creo que nuestro destino viene a ser lo que cada día vamos siendo. Oblomov, llegado un momento, se abandona, empieza a perder el sentido de la vida, a vegetar (y no conviene olvidar que era un rentista, se podía permitir no luchar por la vida, aunque al final todo se agota), y de esa manera labró su destino. Si su vida hubiera sido otra, otro hubiera sido su destino. O al menos así me lo parece.
Saludos.

Buy Final Fantasy XIV Gil dijo...

No estoy muy seguro de aprender tu comentario, Josep, embargo te lo agradezco igualmente. Lo de "luchar con el destino" se me hace un poco raro: creo que nuestro destino viene
rs gold
Buy Final Fantasy XIV Gil

Anónimo dijo...

Luis, este personaje Pluma que mencionas al comienzo, ¿de qué autor es?

Luis Valdesueiro dijo...

Michaux es el autor. Y el libro que protagoniza se titula, precisamente, Un tal Pluma.

Anónimo dijo...

Qué bueno, gracias. ¿Qué otros personajes de este estilo se te ocurren? Talvez Ignatius J. Reilly o el protagonista de Hambre(de Hamsun)...

Luis Valdesueiro dijo...

Tal vez el Murphy de Beckett.

Publicar un comentario

Gracias por tu comentario.
Contestaré si tengo algo pertinente que añadir.