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28.2.09

Joseph Joubert o el pensamiento alado

Selección, traducción y nota de Luis Valdesueiro
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Joseph Joubert fue un escritor avaro de sí mismo. Avaro y secreto. Hizo del papel su confidente y renunció al lector. Escribe, pero nadie conoce lo que escribe. Traza sobre el papel su vida, sus temores, sus angustias, sus ideas, y se niega a compartirlas con sus coetáneos. La vanidad no le tienta. Acepta su destino: pasar sin pena ni gloria, inédito, desconocido, a la espera, acaso, de que, una vez muerto, un alma caritativa reúna sus despojos verbales y los imprima. Meritorio papel que correspondió a su triunfante amigo Chauteaubriand, quien publicó, en 1838, y en edición no venal, una selección de sus Carnets. A partir de entonces, esta obra secreta no ha dejado de alumbrar a cuantos se acercan a ella.

Joubert nació en 1754, en Montignac, en el Périgord. En 1776 comienza sus Carnets, que sólo interrumpirá la muerte. Una de las características más notables de la obra de Joubert es la armonía que existe entre filosofía y poesía. En sus pensamientos, la poesía filosofa y la filosofía poetiza. Idolatra la concisión, detesta el fárrago, tanto en filosofía como en poesía. En uno de sus aforismos propone: "Conciso como un poeta. Concisión poética. Lo propio del poeta es ser breve, es decir, perfecto, absolutus, como decían los latinos." Y escribiendo breve, escribió profundo. Aplicaba el buril a las frases con unción devota. Frases que unas veces sugieren y otras sentencian. Si es inevitable que el aforismo resulte doctrinario, lo cierto es que Joubert apenas roza la admonición. La concisión es la piedra de toque de su estilo, su talismán. Para Joubert, lo exacto es corto, suficiente, breve. La exactitud excluye la extensión. Quien se demora, miente. De ahí que su obra se resuelva en mínimos islotes que forman el archipiélago de su pensamiento. Joubert es un homeópata de la literatura: sabe que lo difícil es descubrir lo necesario, lo exacto, y que cualquier exceso, en más o en menos, es falaz y repudiable. Arte difícil el de la concisión, en el que excederse no es el único peligro. En uno de sus aforismos más tajantes e incisivos, Joubert afirma: "Todo exceso es defecto."

Los aforismos de Joubert abundan en estos temas: la verdad, la belleza, la poesía, la literatura, el arte, Dios... Y aunque Joubert tiene palabras para casi todo, son esos los temas en que más se empecina su espíritu. Equilibrista del pensamiento, Joubert se sitúa en el filo de la verdad, una verdad tan sutil que parece banal y sin importancia. Los grandes pensamientos parecen volar de su pluma, tan sencillos y transparentes como el aire, tan vivos también; su existencia apenas se manifiesta como leve ráfaga. Algunos aforismos semejan destellos, pequeñas iluminaciones que alumbran el alma y el ojo. Si en uno proclama que "la imaginación es el ojo del alma", en otro descree de una verdad que ayude a vivir, y postula la sabiduría: "¿Buscar la verdad? Sí, si sólo se trata de saber, pero ¿y si se trata de vivir? Entonces es preferible la sabiduría." En cualquier caso, no cree que la verdad se esconda detrás de ningún velo, ya que su color "es la claridad, la transparencia, la evidencia".

En el prólogo a los Pensées, Georges Poulet escribe estas definitivas palabras: "Joubert no es un filosofo, un moralista, un autor de máximas: es, como a veces Rousseau y a menudo Éluard, un maravilloso poeta de la luz." Y así es: sus palabras se transparentan, como si pudiéramos ver a través de ellas.

La resaca revolucionaria hizo de él un conservador y le empujó a encerrarse en sí mismo. "La revolución, escribe, ha desterrado mi espíritu del mundo real, haciéndomelo demasiado horrible." Abandonó los fetiches del siglo que perecía: la diosa razón, el ateísmo, el odio a la grey clerical... Como furibundo huracán que decapita cabezas e ideas, la revolución le abocó a la tradición, lo que en él representaba cierto acomodo a la reflexión sin actos. Y acaso porque su manera de creer estaba teñida de escepticismo no se convirtió, como tantos otros, en furibundo soñador de la contrarrevolución. Y así, replegado en sí mismo y ajeno a las venganzas y degüellos de la historia, ahonda en su ansia de espiritualidad y de conocimiento, a través de un arte, como ha señalado Poulet, esencialmente metafórico, abocado como está a hacer sensible y palpable lo abstracto.

Joubert expone su pensamiento en breves notas, ajeno a cualquier ambición, de espaldas a la fama. Ocultó su talento. El secreto fue el yunque en que se fraguaron sus palabras, que no sólo son hijas del pensamiento: en ellas no sólo habla la razón; también la emoción razona y tiembla. Joubert descreía de todas las veleidades humanas que el afán de poder alienta y la ambición sostiene. Soberbio, acaso, en su humildad, reniega de absolutos demasiado humanos y se enamora de la idea de Dios, un Dios al que siente como luz y no como norma: "Dios es una luz que ve. Una luz que lo ve todo." Y así descansa en Dios su memoria: "Dios es el lugar en que olvido todo lo demás."

Joubert muere el 4 de mayo de 1824. Y con su muerte desaparece el último obstáculo para el conocimiento de una obra labrada en el silencio y a él destinada.

AFORISMOS

El pensamiento se forma en el alma como las nubes se forman en el aire.

Imitad al tiempo. Todo lo destruye con lentitud. Socava, desgasta, desarraiga, separa, pero sin desgarrar.

La imaginación es el ojo del alma.

Compensar la ausencia con el recuerdo.

El ideal es lo que sólo puede ser representado por la idea y visto por la imaginación.

Un sueño es la mitad de una realidad.

Almas de agua, almas de tierra, almas de aire, almas de fuego.

Pensar lo que no sentimos es mentirse a sí mismo, igual que se miente a los demás cuando les decimos lo que no pensamos. Todo lo que pensamos es preciso pensarlo con todo el ser, alma y cuerpo.

Reminiscencia. Es como una sombra de un recuerdo.

Idea. Es, a menudo, la imagen inexpresable de algo invisible, o la noción innata de alguna relación desconocida.

La palabra no es, en efecto, sino el pensamiento incorporado.

Hablar con la imaginación, pero pensar con la razón.

La sombra de una sombra: la abstracción de una abstracción.

Cierra los ojos y verás.

Todo exceso es defecto.

Todo tiene su poesía.

El gusto severo y la imaginación pródiga.

Todo lo que es exacto es corto.

Aire, lugar, luz, vida, salud, saber, belleza, alimento y delicias del alma.

Hay que ser ilusionario y no ser visionario.

La ilusión y la sabiduría reunidas, ¡encanto de la vida y del arte!

El error agita, la verdad descansa.

La religión es la poesía del corazón.

El alma es el hombre entero.

El espacio es el lugar de los cuerpos.

Es necesario que las palabras nazcan de los pensamientos y que las frases nazcan de las palabras.

El color de la verdad es la claridad, la transparencia, la evidencia.

La memoria sólo ama lo excelso.

¡La verdad! Sólo Dios la ve.

La elipsis, favorable a la brevedad y que ahorra tiempo y espacio.

El espíritu es la atmósfera del alma.

El mundo es una gota de aire.

La mitad de mí se burla de la otra mitad.

En todo sigue la regla o, mejor aún, la razón de la regla, si la conoces.

Busquemos la luz en nuestros sentimientos. Hay en ellos un calor que contiene muchas claridades.

Nuestra vida es viento tejido.

El espacio es al lugar lo que la eternidad es al tiempo: un infinito.

A la verdad por la ilusión.

Mi memoria ya sólo conserva la esencia de lo que leo, de lo que veo e incluso de lo que pienso.

Escribir, no solo con pocas palabras, sino con pocos pensamientos.

No es la frase lo que yo pulo, sino la idea.

Pensamientos aún en germen: hay que dejarles que se formen. Si los tocamos, se echan a perder.

Poesía de ideas.

Sin ideas fijas no hay sentimientos fijos.

En Poesía, Por Ejemplo, nº 8 (octubre 1997/abril 1998)

1 comentario:

Atticus dijo...

Sublime!!
Plasplasplasplasplasplasplasplasplas (aplauso)

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